Diez minutos llevo mirándolo.
Por aquí he pasado antes muchas veces y
me ha extrañado.
He aquí un monumento en bronce, recuerdo de un
famoso
general
a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano.
Cuánto me gustaría hacer añicos todo ese catafalco,
reducirlo a un montón de escombros, que se lo
lleven a la chatarrería.
Te lo diré con toda claridad:
luego de
que el granjero, el minero, el tendero, el obrero,
el bombero y el camionero
hayan sido recordados en sus monumentos de
bronce,
dándoles la forma del trabajo de conseguirnos a todos,
algo que comer, algo que vestir,
cuando apilen unas cuantas siluetas
recortadas contra el cielo
aquí en el parque,
y rememoren a los auténticos forzudos que hacen el
trabajo
del mundo, que dan de comer a la gente en vez de
aniquilarla,
entonces, a lo mejor sí que me plantaré aquí
a
contemplar con tranquilidad a este general del ejército
que enarbola su bandera al viento
y cabalga como un demonio en su
montura,
listo para matar a todo el que se le ponga por delante,
listo para que corra la sangre roja por la hierba nueva y
tierna de la pradera, y que la empapen las entrañas
de los hombres.
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agosto 08, 2012
ACUMULACIONES
Han azotado las tormentas la tierra en este punto
y aquí se han ido a pique los barcos
y los transeúntes lo recuerdan
charlando en el puente de noche
cuando allí se aproximan.
Han golpeado los puños la cara de ese viejo boxeador
profesional
y han aparecido sus combates en las páginas
de deportes y por la calle lo señalan con el
índice extendido por ser uno que una vez tuvo
el cinturón de campeón.
Se han publicado cientos de historias y se han rumoreado
mil
a propósito del porqué ese hombre alto y tenebroso se ha
divorciado de dos jóvenes hermosas
para casar con una tercera que se parece a las otras dos
y sacuden la cabeza y comentan «ahí va»
cuando pasa de largo, con buen tiempo o con
lluvia, por las calles de la ciudad.
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